Vuelve Negro

Estaba por anochecer y el calor no cesaba. ¿Cómo la gente vive así? ¿Cómo yo viví 10 días así?. Había iniciado esa excursión a Marruecos por mi estúpida obsesión por la película de Casablanca. Que idiota fui al buscar un Humprey Bogart y no averiguar nada más. Si de menos hubiera entrado a weather.com…

Afortunadamente, ya estaba en Ceuta, territorio español. Adiós a la arena irritante, al olor nauseabundo, a los perros callejeros, a la mojigata cerveza sin alcohol. Ahora, en este hotel de Gran Turismo, me sentía por fin en casa. Después de una comida decente, decidí hacerme un cigarro de hachís. La facilidad de conseguirlo, combinado con mis ganas de escapar, hicieron los únicos momentos memorables de esta malograda aventura.

Apenas estaba en mi segundo toque cuando del balcón vecino escuché una canción flamenca que cantaba:

Sufro la inmensa pena de tu extravío
Siento un dolor profundo de tu partida
Y yo lloro sin que tu sepas que el llanto mío
tiene lagrimas negras, tiene lagrimas negras como mi vida

Con curiosidad, me asomé tras esas plantas que dividían nuestros balcones, para encontrarme a un hombre negrísimo. Tan negro que brillaba. Veía al mar sentado en una de esas sillas largas que sostienen las piernas. Apenas y estaba vestido con una especie de calzones blancos a la rodilla que dejaba ver unos músculos abdominales y pectorales bien marcados. Sus piernas eran largas y fuertes, de esas que sólo se ven en los corredores o gimnastas olímpicos. Su facción era hosca, pero se suavizó al verme espiándolo y, en perfecto español dijo “ven”.

Por supuesto, acepté. -¿Mexicana?- Asentí al mismo tiempo que preguntaba por la canción. –Lágrimas Negras- contestó. Un suave viento movió con timidez las cortinas color marfil que dividían el balcón y la recámara. Olía a mar y olía a hachís. Me senté en la silla de junto y le ofrecí de mi cigarro. Aceptó sin decir nada más. Tal vez y la tristeza de esos párrafos le hacían callar. Tal vez y es de esos hombres que saben valorar el silencio acompañado de un buen porro. No lo sabía, ni me importaba.

Cautivados por el flamenquito que salía de la habitación, estábamos en trance. De pronto, El viento sopló despejando al mediterráneo y dejando al descubierto una majestuosa Roca de Gibraltar. Allá, más atrás está mi casa- dijo, sin muestras de esperar alguna conversación – ¿Sevilla?- pregunté –Algeciras- contestó sin siquiera mirarme.

Me sentí estúpida, poseedora de una gran conversación idiota. Cómo se me ocurrió decir Sevilla -me recriminaba- es cómo si los extranjeros dijeran “Acapulco” al hablar de playas mexicanas. Ante tal demostración de pendejismo, sólo se me ocurrió largarme de ahí.

Sin embargo, él se interpuso en mi camino y me comenzó a besar con la boca abierta y sin preguntar. Sus manos ásperas recorrían mi cuerpo, disparando fuertes sensaciones hacia mi columna, a mi cerebro. No recuerdo bien, pero estoy segura que mi resistencia fue nula cuando la ropa comenzó a caer en el trayecto a la recámara.

Al pasar del otro lado de las cortinas, me di cuenta que su olor inundaba la habitación. Ya sabía que los negros tenían un olor corporal más fuerte e irritante -10 días en ese país tercermundista me lo había enseñado bien- pero en ese momento, no hubo queja alguna de mi parte. Era un olor animal que inundaba mi nariz y humedecía mi entrepierna.

Aunque en la habitación había una cama, él decidió cogerme por detrás y contra un pilar de mármol, justo frente al espejo del tocador. Mi reflejo me regresaba a una amante egoísta que sólo se dedicó a gozar. Imposible siquiera tocarlo, ya que necesitaba de todas mis extremidades para poder resistir sus embates. Su control animal era total sobre mí. Me mantuvo al borde del orgasmo tanto tiempo que cuando éste llegó casi me desmayo.

Él se dio cuenta que desfallecía, por lo que me levantó en vilo y me recostó en la cama. Una vez relajada, recorrí con mis manos su cuerpo, intentando memorizarle utilizando las puntas de mis dedos. Mi tacto se detuvo en su nalga derecha, sintiendo una escarificación de la que se leía MG. Le pregunté sobre ella mientras la recorría y me regresó una mirada triste. No dije más y dormí.

Un estruendo me despertó al día siguiente. Estaba en mi habitación, ¿Cómo?, ¿Por qué?. El botones me informó que un caballo pura sangre se había escapado. Un azabache carísimo, un gran semental de la ganadería Manolo Góngora.

“Vuelve Negro” lloraba su dueño. “Vuelve Negro”, lloré yo.

Negro

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Un comentario to “Vuelve Negro”

  1. Mara says:

    Wow! Me encantó!!! Sexo puro y animal… Literal!

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