La carga está lista

El calor inundaba la recámara.  Jorge salió con la computadora portátil bajo el brazo y se dejó caer sobre uno de los sillones de la sala. Dos semanas antes, Jorge había firmado un contrato en el que se comprometía, durante seis meses, a cagar en el mismo baño que Carmen y Gustavo.  Ni pedo, pensó. Las rentas en la Narvarte eran un lujo que tenía que compartir.

Jorge necesitaba tranquilidad y eso, sólo lo conseguía en su cuarto. Ocasionalmente, esa tranquilidad era interrumpida por gemidos y pujidos de sus compañeros de departamento. No sabía que eran pareja, le dijo Jorge a Gustavo una mañana mientras preparaba el café.  No lo somos, contestó guiñándole el ojo.

Sentado en el sillón beige, miró esa pequeña caja gris que tenía sobre las piernas y que guardaba a la pinche tesis eterna.  Depositó esos 3 kilos de computadora sobre la mesa de centro.  Sintió como si fueran 10. Jorge se levantó y arrastró los pies para abrir la ventana que estaba a la derecha.  Atravesó toda la sala, llegó al comedor y abrió otra ventana.  El aire de medio día atravesó el departamento y levantó la cortina semitransparente.  Jorge se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos para sentir la corriente de aire.  Cuando abrió los ojos, Carmen salía de la cocina.  Usaba calzones, camiseta y sonrisa blancos.

-¡Hola! -dijo Carmen. -Voy a cortar la sandía aquí en el comedor.  Es muy grande y no cabe en la cocina.

Carmen dejó la enorme sandía sobre la mesa.  Ni el golpe de la fruta contra la madera alejó los de Jorge del cuerpo negro.  El encaje blanco de la ropa contrastaba histéricamente contra la piel morena.  Jorge bajó los ojos y vio algunos rizos negros que se escapaban del calzón.  Otros rizos, largos y negrísimos se movían con el viento.

Deteniendo la sandía con una mano y con la otra en la cintura, Carmen hablaba con Jorge como si fuera la última oportunidad que tenía de hacerlo.  Hablaba del clima, de la guerra contra el narco o de los gastos del bicentenario.  En realidad, Jorge no sabía de qué hablaba Carmen.  Sólo podía pensar en qué tono obscuro tendrían los pezones ocultos bajo esa tela.

Jorge volvió a la computadora.  Se acomodó en la sala y escondió la erección tras el monitor.  La mano empujaba el tronco a clics desesperados.  Archivo, Abrir, la sandía verde, la puta tesis eterna, el enorme cuchillo al que poco falta para ser un machete.

Carmen salió de la cocina empuñando una hoja filosa del mango negro.  Le dio la espalda a Jorge y se dispuso a cortar.  La mano izquierda sostenía la sandía con fuerza, el cuerpo echado ligeramente hacia adelante, las nalguitas apretadas.  Agarrando el cuchillo con el puño completo, lo levantó sobre la cabeza.  Bajó el brazo con rapidez y lo clavó en la fruta.  El pelo negro se movió hacia adelante y un ugh salió la boca.  Las nalgas se tragaron parte del calzón cuando ambas manos empuñaron el mango.  Jorge se mordió los labios.  Con un pequeño brinco introdujo el cuchillo más a fondo. El ritmo de los clics aumentó.   Un sonido hueco se escuchó cuando Carmen nalgueó tres veces a la sandía. Clavó el cuchillo para hacer una cortar hacia abajo.  Tomó aire y lo expulsó con otro ugh mientras desgarraba la fruta.  La sandía comenzó a chorrear de la herida y le ensució los dedos.  Carmen se limpió la mano en el calzón que cubría una de las nalgas.

Sandía

En vez de voltear la sandía para continuar con la herida, Carmen rodeó la mesa. Jorge, que sólo había estado haciendo clics durante el proceso, pudo ver la sandía con una raja, pero prácticamente entera.

-¿Necesitas ayuda? -Le dijo a Carmen.

-No, ya casi está- contestó mientras clavaba el cuchillo en la entrada de la herida.  La mano izquierda volvió a sostener la corteza verde y el cuerpo, echado hacia adelante, hizo colgar los pechos.  El cuchillo continuó con la incisión recta.

-Parece que no se deja cortar completa- dijo Jorge al ver que la sandía aún tenía forma ovalada.

-Ahorita vas a ver- contestó Carmen.

Dejó el cuchillo sobre la mesa y colocó todos los dedos de ambas manos a cada una de las aberturas de la fruta. Con fuerza, jaló los codos hacia afuera.  La sandía, se quejó al romperse en dos y enseñó la carne roja y jugosa.

-¡Está en su punto! ¿No vas a querer? -dijo Carmen, sosteniendo el cuchillo.

-No gracias -contestó Jorge intentando desviar los ojos de los pechos salpicados de jugo. Un pelotón de hormigas comenzó a transitar por los testículos.

Decepcionada, Carmen levantó los hombros y volteó una de las mitades hacia la tabla.   Hizo un corte perfecto justo en medio de esa mitad.  Apartó un pedazo y volvió a cortar.  Sostuvo el pedazo de sandía con forma de media luna frente su cara y exclamó. ¡Por fin!

Los pies desnudos de Carmen rebotaron contra el piso, hacia la sala.  Levantó las rodillas y, estirando las piernas, bailando una canción que existía sólo en su cabeza.  La sandía dejó un rastro líquido sobre el piso, pero Jorge no se percató de ello; estaba atento a los pezones que subían y bajaban.

Carmen se desplomó sobre un puff con las piernas abiertas y flexionadas.  Comía con los ojos fijos en la pared, dejando chorrear la sandía sobre la camiseta.  Los rizos negros se asomaban y escondían detrás de las rodillas bailadoras.  El pelotón de hormigas cruzó al tronco.

La lengua eligió las semillas negras de entre la carne roja.  Carmen se levantó y comenzó a dispararle a Jorge.  Tenía la boca mojada y contraída.  ¡Hey! ¡Para! gritó él cubriéndose el rostro con las manos abiertas. Las municiones se terminaron y Carmen le ofreció sandía con el brazo extendido. ¡Toma! Prepara tu carga.

Al inclinarse, los pechos colgaron, meciéndose en su hamaca. Jorge descubrió de qué tono obscuro eran los pezones.  La carga estaba lista.

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3 Comentario to “La carga está lista”

  1. Hola Rox,

    Quiero sandiaaaaaaaa! =D

    Ches hormigas pelotoneras…

    Saluditos.

  2. Maryellen says:

    You mean I don’t have to pay for expert advice like this ayomnre?!

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