Quema

Sobre aviso no hay engaño, ¿cierto?

No.  Sí.  No seas idiota, claro que hay engaño.  Te engañaste a ti misma creyéndote superior a las demás.  Te engañaste con excusas pedorras de “no importa de donde venga, mientras venga a mí”.  Y para acabar de chingarla, te engañaste creyendo que chupándosela a José, lastimarías a Valdez.

“Valdez va a chingar a su madre” era tu ridícula fantasía.  José también tiene piernas, manos y rodillas.  José también tiene pito.   Sí, tal vez su pito es más pequeño que el de Valdez, pero eso no te importa.  Por eso estás ahí, de rodillas y deslizando tu boca sobre el pequeño pene de José.  Crees que eres lo suficiente liberada, muy acá open mind, que no importan las marcas que dejarán en tus rodillas desnudas el cemento del piso. Las paredes amarillas despostilladas y el olor a basura podrida no te molestan.  Eso hace a tu venganza mamadora más chingona.

Te detienes un momento y miras hacia arriba, directo a la cara de José.  Sostienes el pene con tu mano derecha, moviéndola sobre el tronco ensalibado.  José tiene los ojos verdes clavados en un juego de futbol americano que está en el televisor.  La imagen está llena de puntos, lo que hace difícil distinguir las jugadas.  Aún así, José sonríe y se acaricia el bigote.  Tratas de saber si la sonrisa es de satisfacción o de burla.  La respuesta te la da su mano, que se enreda en tus pelos descoloridos y que te empuja la cabeza hacia abajo.

Su pito es un Rey Enano que te tiene a sus pies y en la cabeza lleva una corona de espinas.  Cuando se mueve hacia adentro, clava; cuando se mueve hacia afuera, desgarra.  Jirones de tus entrañas caen en pedazos y salen por tu boca.  Las arcadas comienzan y cierras tu garganta para no vomitar.  José se da cuenta que quieres retirarte y agarrándote del pelo, empuja cada vez más.  Con los ojos bien abiertos, sientes los pelos púbicos en la nariz.  Comienzas a orinarte en los últimos empujones y por fin, sientes el semen amargo sobre tu lengua.

Quema.  El semen de José arde y quema.  Vomitas en el piso dejando una mezcla naranja de gargajos y comida con mocos.  Empujas esa mezcla viscosa con la cavidad de tus manos hacia abajo del sillón y llorando, sales de esa habitación que se cae.

Sólo así te das cuenta que en esa puta venganza, la única que terminó jodida eres tú.  Que esa auto-flagelación con un minúsculo pene hasta causa gracia.  Hubiera sido más sencillo que Valdez te agarrara a madrazos, pero no, te gusta complicar todo.

violence
Foto: Erminig Gwenn

Y te tienes tan poco respeto que te vas a llorar a la casa que compartes con Valdez.  Manejas en automático, sin pensar en el camino; tantas veces lo has recorrido que manos y ojos tienen cerebro propio y dirección.  Tomas las llaves de la guantera del automóvil y cruzas la calle brincando los charcos del aguacero de la tarde.  Abres la puerta y te recibe el suelo pegajoso que no limpiaste.  La mesa del comedor está repleta de  botellas de cerveza vacías y algunos vasos jaiboleros con marcas de lipstick color rojo-putita.

Dejas tus cosas sobre una silla y arrastras los pies hasta la habitación.  No quieres luz.  Tus manos jalan hacia el centro ambas lados de esas pesadas cortinas.  El polvo acumulado que vuela al mover la tela te incomoda, pero continúas pegando ambos extremos para callar ese hilo de luz.  Por fin, te recuestas en la cama, dentro de las sábanas.  Tomas la almohada de Valdez y cierras los ojos.  El olor a grasa de su pelo te llega de golpe.  Necesitas más.  En las sábanas están sus axilas, su pecho, su pene y otra vagina aún más amarga que la tuya.

Tu cuerpo de serpiente se mueve entre esas capas de tierra en las que se han convertido las sábanas de su cama.  Te cubres, te descubres, te amarras y te sueltas.  Intentas ahogarte con tu llanto, sientes morirte con la garganta quemada.

El cerrojo de la entrada anuncia la llegada de Valdez y su voz, tan serena, tan hipócrita, tan no pasa nada, te llama.  Pero no contestas. No le dices, eres un hijo de la chingada.  No le dices, vengo de chupársela a José. Sólo te desenredas de entre las sábanas y te quedas como muerta.  La puerta se abre y la luz del pasillo te ilumina.  Enmudeces el llanto bajo la almohada,  Valdez te toma por dormida y se va.

Ya es de noche cuando por fin sales de la habitación.  La garganta te arde y buscas, sin éxito, un vaso limpio para tomar agua.  Del comedor tomas aquel vaso con marcas rojas y lo llenas de agua de la llave.  El agua pasa con dificultad y te llevas las manos al pecho cuando comienzas a toser.

Tengo hambre, te grita Valdez desde la sala.  “Tengo hambre” repites en tu cabeza.  Casi avientas los pulmones al suelo y sólo eres digna de un “tengo hambre”. Del refrigerador sacas queso y tortillas, que avientas a un comal negro de tanto quemarse.  Las quesadillas huelen a leche rancia; quien sabe cuando compraste el queso.  “Que se muera, que se intoxique Valdez” dices en voz baja frente al fogón.  Las sirves sobre un plato sucio y con un aventón, las dejas en la mesa de la sala.

Que vas a cenar tú, te pregunta Valdez mientras se lleva una quesadilla a la boca y le da una gran mordida.  De un bocado, se comió media quesadilla.  Puedes ver la masa de maíz y queso revolverse entre sus dientes amarillos.  No dices nada, sólo mueves la cabeza diciendo “No”. Andas jetona o que ya comiste, insiste Valdez.

Cené los mecos de José, contestaste.  ¿Te sentiste muy valientita diciendo “mecos”, cierto? ¿Creíste que lo herías hablando de “José”? Que estúpida.  Tan estúpida la pendeja.

Tu mejilla recibe el plato con todo y quesadillas.  Valdez te toma de los pelos y pone su cara muy cerca de la tuya.  Tan cerca, que la baba que escupe al hablar te ensucia la nariz.  ¡Repite que dijiste, perra, repítelo! grita Valdez agitándote el cráneo.  No te queda más que repetir con voz cada vez más alta ¡se la mamé a José!  El sonido del zipper y los pantalones cayéndose te hicieron abrir los ojos, que habían vuelto a llorar.  ¿A si putita? ¿Y te gustó más que ésta? A centímetros de tu cara, la verga semidura de Valdez se movía de lado a lado.

Pruébala putita, abre bien la boca de puta, te decía.  Ahora sabes que debiste obedecer.  Que debiste abrir grande y succionar como perrito recién nacido.  Pero no.  Apretaste la quijada mordiendo los labios. Apretaste la boca hasta sentir la punta de la bota negra de Valdez golpearte en la panza.  Doblada en el piso, abriste grande y pediste verga.  Pero todo lo que obtuviste fueron patadas en los pechos y las piernas.  Tus brazos no fueron suficientes para cubrirte la cara, por lo que de tu boca salió un ¡ya déjame, te la chupo!

Valdez dio un paso atrás y dijo: Eres tan fea que ni me la pones dura.

Desde el piso, empapada en tus orines y la cara llena de sangre y lágrimas, viste a Valdez coger su enorme pito con la mano izquierda y moverla de arriba-abajo.  Minutos después, tu cara recibiría un baño de semen.

No tuviste que esperar a que te ensuciara las pestañas, ya sabías también quemaba.

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Rox

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4 Comentario to “Quema”

  1. Ann says:

    que fuerte!
    una realidad de tantas mujeres, que carajos nos pasa por la cabeza al pensar que cogiendo o mamando a otro pendejo nuestro pendejo personal va a sentirse tan triste y humillado como nosotras.

    bien llevado. saludos.

  2. Ana says:

    Honesto y crudo.
    La violencia de género comienza en la mujer hacia sí misma, permitiendo ser humillada/denigrada constantemente a través del sexo.

  3. Querida Rox,
    Hace ya mushitas entradas que no te leia. Felicidades, vas a mejor! =D
    1. Las Anas tienen razon, ke chingados les pasa por la Choya-chirimoya?
    2. Pista, el amaciatario es chueco! =D
    3. Mentira!, el semen no quema, bueno el mio no. Ni que tuviera cloro!, jeje.
    Abrazos quemadores para vos.

  4. Rox says:

    Gracias a todos.

    Si bien el cuento es difícilmente cachondo, lo que me interesaba aquí es poner una relación auto-destructiva.

    Un abrazo y no se dejen!

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