Después del episodio de la Zenaida, y con escasa edad, mi actividad sexual fue prácticamente nula durante un buen tiempo, de hecho no tengo muchos recuerdos acerca del sexo durante una buena parte de la primaria. Algo que se me quedó grabado fue ‘la plática’, you know... ‘LA’ plática tan temida por todos los padres, la de sexo. Recuerdo a mi madre tratando de explicarme con palabras decentes y recuerdo que en un principio no entendía de qué diablos me estaba hablando, hasta que llegamos a la parte escalofriante. Mi madre se la pensaba demasiado y yo tenía cara de what… quesque ‘las parejas cuando se quieren mucho…’ y bla bla bla, lo que me dijo a continuación me dejó helado: ‘… y entonces el hombre mete su pipi en la cosa de la mujer…’ a ver momento, momento. Primero: ¿qué es ‘la cosa de la mujer’? ¿está hablando de la panocha? Segundo: ¿como que le mete el pipi? ¿y no le da asco? Si está lleno de pipí! ¿y las mujeres se dejan? cochinas!!! ¿y luego que hacen? ¿las orinan adentro? Miles de ideas y dudas se agolpaban en mi cerebro. Eso alimentó mi curiosidad lo suficiente como para que yo buscara información por mi cuenta, veía la palabra sexo y me ganaba el morbo. Lo primero que encontré fue un tomo del Almanaque de lo Insólito de Irving Wallace (ese Almanaque era buenísimo) que hablaba completamente de sexo. Yo esperaba encontrar una revista pornográfica pero obviamente estaba muy equivocado. En vez de ello encontré mucha información que poco o nada tenían que ver con lo que tenía en mente aunque definitivamente el tema me sedujo y comencé a leerlo. A decir verdad ya no recuerdo en específico lo que venía ahí pero hablaba de muchos aspectos sociales, culturales e históricos del sexo, creo que venía un glosario de palabras en donde entendía la mitad y la otra no sabía de qué estaban hablando; encontré personajes históricos relacionados de alguna manera con el sexo como Mata Hari, Cleopatra, los Borgia, el Marqués de Sade, etc, etc. prostitutas, mujeriegos, pervertidos, homosexuales, la revolución sexual, el feminismo, y demás cosas por el estilo fueron parte de la lectura que me desveló varias noches y que solamente alimentaba mi curiosidad por el acto en sí. Mi padre fue más práctico, se limitó a buscar algunos libros y me los dió, no recuerdo los títulos pero uno de ellos era el típico libro que le podían dar a un puberto con las hormonas a mil por hora con información sobre la anatomía de los géneros, las enfermedades de transmisión sexual, los embarazos no deseados, la masturbación, y respuesta a muchas preguntas.
Aclaro que no era un libro mocho ni nada por el estilo, era un libro más bien objetivo que por supuesto traía su dosis de moralidad acerca de las consecuencias de nuestros actos pero nada más que eso. Según yo, me estaba preparando con información para cuando perdiera mi virginidad, como para que nada me espantara y saber qué hacer, qué equivocado estaba… Por esas épocas mis erecciones se hicieron más frecuentes, involuntarias, inesperadas, y algunas veces incómodas; todavía no me masturbaba, es más, para ser sincero no tenía idea de cómo hacerlo, solamente había leído algo sobre ello pero nunca explicaba cómo, además según recuerdo hablaba del tema en una forma muy ambigua, yo no tenía idea de por qué alguien querría masturbarse, no entendía bien cuál era el objetivo, recuerdo que aclaraba que no era algo malo y que ayudaba a conocerse y aliviar las ‘ansias’ por así decirlo. Era una etapa muy confusa, todo era nuevo para mí: los pelos abajeños eran incipientes, un mero adorno de mis huevos, las facciones comenzaban a cambiar, estaba entrando en la pubertad, a punto de entrar a la secundaria, con escasos 11 años. Las niñas ya llamaban mi atención de una manera diferente, todavía recuerdo la ‘fiesta de graduación’ de primaria en una casa club de un lugar llamado ‘Hacienda Las Torres’. Eran las primeras fiestas sin padres, las primeras fiestas en donde bailábamos y todavía no lo hacíamos en pareja sino más bien como en círculos, era muy chistoso. Había una alberca y a pesar de que no nos habían permitido usarla ¿qué más podíamos hacer? Terminamos todos adentro, recuerdo las playeras pegadas a los nacientes senos de algunas compañeras, la mayoría seguían usando corpiño. No crean que andaba de libidinoso… era otra sensación, era una sensación de algo desconocido, algo que despertaba mi curiosidad aunque no entendía muy bien por qué, despertaba mi curiosidad la atracción inocente que me provocaba ver esas imágenes, para mí todavía no era algo sexual, solamente algo nuevo.
Recuerdo que solía jugar con los vecinos entre los que había una niña llamada Violeta, en realidad no me gustaba sino que me caía bien. Jugábamos juntos, eso era todo. En una ocasión mis papás y sus papás nos llevaron a unas suites frente al mar con una alberca en la azotea. Era una noche calurosa de verano, yo había terminado la primaria y estaba de vacaciones; Violeta, mi hermano y yo entramos a jugar al agua y básicamente estabamos aventando agua entre todos. Ver a Violeta en traje de baño aún cuando apenas comenzaba a desarrollarse su cuerpo me hizo sentir algo ‘raro’, un calorcito por dentro. Sobretodo cuando por el mismo juego mi cuerpo rozaba con el suyo y entre los roces alcancé a sentir sus piernas desnudas y un poco sus nalgas y senos a través de su traje de baño, la verdad no fue intencional fue simplemente el juego pero eso me hizo tener una erección casi de inmediato. Luego me alejé, supongo que para que no se diera cuenta y me puse a meditar en lo que había sentido, incluso me cuestioné si no me gustaba la Violeta pero en concluí que fue la calentura del momento nada más. Al poco tiempo nos cambiamos de casa y a pesar de que Mazatlán no era muy grande jamás la volví a ver.
El entrar a la escuela secundaria fue algo totalmente diferente a lo que hasta entonces había conocido. Tenía 6 años de conocer casi a las mismas personas, 6 años de tener una nana como maestra, 6 años de recreo, de entregar una agenda de tarea firmada por mis padres, de usar corbata uniformes de gala los lunes, de los juegos, de muchas cosas. Ahora era todo nuevo, aún cuando seguía en la misma escuela.
Para empezar entraron muchas personas de otras escuelas, eran más salones, más gente, más pubertas. El ‘receso’ (que ya no recreo) lo usábamos para ver a quién le estaban creciendo las tetas, cuál era la más buena y cosas por el estilo. Las primeras parejas empezaban a aparecer y también las vergüenzas, las carrillas, las travesuras. También recuerdo las primeras reuniones en casa de los amigos, siempre en la tarde, haciendo pendejadas, intentando ser adolescentes. Las amistades se estaban convirtiendo pronto en la vara con la que me medíamos la aceptación, un tema importante para esa edad. Ahora ya no tenía material de lectura, lo había agotado y entonces me limité a buscar en los libreros de la casa cualquier cosa que tuviera algo relacionado. Encontré por ahí un libro que me llamaba la atención el título: “La muchacha que sabía demasiado”. Comencé a hojearlo y la verdad resultó ser una historia como policiaca, me aburrió de inmediato pues no encontré nada de lo que estaba buscando; encontré otro llamado “Cartas pornográficas a mi esposa” el título me emocionó. Resultaron ser como una colección a manera de diario de unas cartas dirigidas a su esposa que escribía un hombre que por razones de trabajo había pasado un tiempo en Holanda. No crean que encontré texto explícito ni nada por el estilo, sino hablaban de anécdotas llenas de las diferencias culturales que un latinoamericano puede encontrar en la sociedad holandesa referentes al tema del sexo, la prostitución y la pornografía en una ciudad como Amsterdam. Interesante, pero nada más. Obviamente esto no era lo único que leía pero ya estaba aburrido de los libros que leía en la infancia, los de Verne, historias como La Isla del Tesoro, El Barón de Münchhausen, Tom Sawyer, Rob Roy, y demás ya las había leído una y mil veces; la otra opción era Selecciones, lectura de WC, mis padres todavía no me dejaban leer ‘libros para adultos’ porque creían que no tenía la edad suficiente así que opté por ‘robarme’ los libros. Algunas tonterías como Shampoo, El Clan del Oso Cavernario; otras divertidas como Dos Crímenes, Esas ruinas que ves o Cien Años de Soledad; algunas interesantes pero muy elevadas para comprenderlas como Demian, El Lobo Estepario o El Anticristo; y otras que era para mí ‘educativas’ como Pantaleón y Las Visitadoras, Macho Profundo o Juliette. Lo bueno era que siempre había libros que robarme en la casa.
En ese tiempo llegó la televisión por cable a mi colonia. Estábamos en la segunda mitad de los Ochentas y los canales que pasaban eran puros canales gringos, por fin pude ver MTV, lo acepto, lo abracé y me mantuvo alejado de cosas nefastas como el pop mexicano o cosas como la música ranchera, jeje. La otra buena noticia eran los Cinemax’s “Friday After Dark”, benditos… lo malo era que tenía que desvelarme pues lo pasaban no sé por ahí de las 12 o 2 de la mañana cuando mis padres ya dormían. A esas desveladas le debo el trauma de haber escuchado a mis papás cogiendo por primera vez… la primera vez que escuchas como que no entiendes muy bien qué es eso, ¿alguien está llorando? ¿es la tele? ¿qué es eso? después escuchas claramente a tu padre también jadeando y de repente te cae como balde de agua, ‘están cogiendo… no, no, no, ¿cómo crees? sí no mames, están cogiendo’ y en automático apagas la tele y te vas a tu cuarto a dormir. Me tocó ver las series de Emmanuelle que yo pensaba que eran porno hasta que conocí el porno. Pero bueno, algo era algo. Aunque sólo me limitaba a ver y tocarme pues no tenía idea de cómo masturbarme.
Eso sí, mi primera puñeta se acercaba a pasos agigantados.
Ahí se ven, perros.
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¡¡Ya que siga la puñeta!!
no pues por mí ya la habría posteado pero como aconsejaste espaciarlos 2 días, jajaja.
Pero sus deseos serán cumplidos.
Este post merece una medalla, jajaja!
Eres un perro cachondo!!! me encantas.
Besos donde tu quieres wof wof