Morado Obsesión

De pie y a un lado del aparador, la tarde se eterniza con cada chancluda que irrumpe en la zapatería sólo para soñar.  Alguna, la más arriesgada, toma una flamante zapatilla del aparador de vidrio y pregunta su precio.  Mi voz, seca pero amable, le informa el costo de aquel par.  La chancluda hace cuentas mentales mientras ve a su prole.  Con ese dinero, compra tenis escolares a todos sus mocosos.  Cuando está por disculparse, extiendo mis manos para recibir la zapatilla.  La limpio con el paño que guardo en la bolsa de mi chaleco y le susurro acariciando la piel que todo está bien; que sólo ha sido un susto.

Lo acepto.  Estar aquí, justo cuando comienza la temporada escolar es lo más cercano a caminar descalzo.   Eres un pinche soplanucas, dirán unos.  No tiene nada de malo ser puto, dirán otros.  No señoras, que no los engañe este cuerpo delgado vestido de gris y con el pelo engominado.  Que mi voz falta de emoción no las confunda.

Sostengo la zapatilla en mi espalda mientras dos de mis dedos penetran entre las cintas.  Cierro los ojos y siento mi piel que se eriza.  Ese modelo, morado y de pares de cintas entrelazadas es el que más me excita de esta temporada.  Incluso, tengo un par oculto en el almacén.  Un número 2 sin uso, al que pego mi nariz y mis labios cuando el encargado se va a comer.

Entonces resbalo mis yemas por esa piel.  Recorro el tacón de abajo a arriba; de arriba abajo. El índice y el pulgar son los únicos que juegan con el tacón, pero el cordial entra para recorrer el resto del zapato. Los dedos recorren la piel hasta la punta, memorizando cómo las cintas moradas se entrelazan como serpientes que resguardan un nido.  Un nido al que mis dedos acceden a través de un pasadizo.  A veces, bajo el zapato al bulto que se ha formado en mi pantalón y lo restriego contra el casimir.  Tengo que tener cuidado: a veces, no hacen falta muchos empujones para echarme a andar.

El tiempo se detiene en el instante que ella entra a la zapatería tras su madre.  Su vestido de lino, con capas blancas y moradas, cae vaporoso entre sus muslos.  Sus pasos son lentos y en sus pies lleva, para mi desgracia, tenis blancos.  Estos zapatos, los morados de cintas entrelazadas, son para ella.

Estos zapatos son para ti, le dije sin reparar en el bulto que comenzaba a formarse en el pantalón.  Sobre las palmas de mis manos llevaba el par morado, ese que, hace apenas unos instantes antes, era penetrado por mis dedos.

Sus ojos, casi sin maquillaje, me miran con sorpresa.  Agita las largas pestañas y sus labios forman algo así como sonrisa. Al parecer, no está acostumbrada a que un hombre la vea tan cerca.  Que le ofrezca  regalos de diosa.

-Aún no uso tacones, gracias –me dice.

Me doy cuenta de la causa su vergüenza: es casi una niña, una virgen de zapatillas.

-Ven, siéntate sin compromiso en lo que tu mamá va a la otra tienda -le digo mientras le guiño un ojo.  Con una mano, la tomo de un codo para guiarla a un asiento de piel.  Ella accede y sin que se lo pida se descalza.

Los horribles tenis blancos de niña descubrieron unos pies limpios y pequeños.  Los dedos delgados, sin llegar a huesudos, son perfectos.  El gordo es el más grande y el tamaño disminuye armónicamente en cada dedo, hasta llegar al meñique.  Ansiosos, los pequeños dedos se mueven tamborileando la alfombra.

Definitivamente, estos zapatos son para ti. Le digo a ella, a mi musa de pies blancos, uñas rosas y un lunar en el dedo gordo derecho.

Así que corro al almacén por ese par.  Ese número 2 que la había estado esperando tanto como yo.

-¿Me permites?- Le digo a mi musa.

Ella asiente con la cabeza y los labios apretados.

Me pongo de rodillas, con la zapatilla morada en una mano y su pantorrilla derecha en la palma de la otra.  Mi musa aprieta sus muslos ante el contacto de mi piel con la suya.  Sonrío para calmarla. Ella baja los hombros y me ofrece, sin reservas, un pie sobre mi muslo.

De la punta al talón, embono la zapatilla en su pie derecho.  Con ambas manos, bajo su pie y apunto mis manos al cielo, para recibir el otro pie.  Veo ambos pies vestidos y un “extraordinario” sale de mi boca mientras me levanto sin quitarles la mirada.

-¿Lista?- Le pregunto ofreciéndole mis manos para levantarse. Ella aprieta sus puños en mis manos.  Yo no despego la vista de las zapatillas moradas y las uñas rosas que se alcanzan a asomar.

-Permíteme un segundo- le digo y caigo rendido a sus pies.  Acaricio y acomodo esas cintas entrelazadas.

Sin advertírmelo, ella comienza a caminar.  Los primeros pasos son tambaleantes y requieren de equilibrio con las manos.  Entonces mi musa se detiene, endereza su espalda y levanta su rostro.  Los muslos y caderas se aprietan, dando pasos firmes, seguros, altaneros.

Sigo en el piso, endiosado con esos pies.   Entonces, volteo a ver su cuerpo.  A cada paso, nalgas, pecho y caderas le brotan en su cuerpo.

Las zapatillas moradas la hicieron hecho mujer. Yo la hice mujer.

shoegirl

Foto: Mauro Luna

Haz clic en la imagen para leer más escritos de Rox

Rox

Sigue leyendo:

« Jaque Mate (El Fuego, El Mar y El Cielo)

Esa satisfacción nadie me la quita »

5 Comentario to “Morado Obsesión”

  1. Jessica says:

    Todos tus escritos son admirables. Has avanzado mucho como escritora. El fin perverso del cuento fue facil de seguir e imaginar.

  2. Ana says:

    Mmmhhh… del número 2… mmhhh.
    Demasiado joven aún.
    Jajajajaja

  3. Rox says:

    gracias Jessica.

    Ana: así es. aunque conozco un par que calzan del 2.5. Las pobres nunca encuentran zapatos decentes :P

  4. Hola Rox,
    Te digo que vas mucho mejor, felicidades! =D
    Sin emabargo, eres una pedofila, si Lydia Cacho te leyera… la hiciste mujer de una manera tan sutil que JAMAS imagine, y sin permiso de su madre… sucia! =D
    Sigue mejorando mujer, abrazos.

  5. enrique says:

    Senti como si presenciara esos momentos.

Deja un Comentario