Lluvia que despeina

Caminaba de regreso al lugar donde laboro. En mi pensamiento: él, tal como había sido en los últimos meses. Repentinamente, grandes gotas de agua me hicieron pagar mi testarudez de no cargar con un paraguas. En mi ciudad, la lluvia es fría, en contraposición con la temperatura que su recuerdo me provoca. Corrí un poco, sé que no fue mucho. El agua no lastima y en general disfruto su contacto.

Fue así como llegué mojada al centro de investigación. En los pasillos encontraba rostros conocidos, indulgentes a causa de mi aspecto: el cabello mojado y despeinado; un ligero temblor a causa de lo delgado de mi ropa; una sonrisa que excusaba mi falta de previsión.

Ya en mi lugar, sacudía las últimas gotas de mi cabello cuando vi su silueta contra el marco de la puerta. Silueta que muchas veces antes se ha detenido a saludarme, como por casualidad. Esta vez noté su mirada, un tanto reprobatoria y un tanto seductora. Para alguien tan previsor, mi actitud es francamente irresponsable, pero en el fondo… lo sé bien, le resulta atrayente. Unas cuantas palabras de admonición, a mi parecer un tanto vanas, denotaron su preocupación. Ofreció regalarme una bata, de las de algodón grueso, que se distribuyen en el centro por seguridad de quienes ahí laboramos.

Acepté la oferta porque recordé que la que yo tenía, podía sostenerse en pie a causa de su falta de aseo.

Regresó unos minutos después, con un bata impecable, aun en su bolsa de embalaje.

Por supuesto, yo debía retirar las prendas mojadas para poder sentir el abrigo del algodón recién desenvuelto. Me dirigí al baño con su mirada a mi espalda.

Temblaba y reía en mi interior. Me sentía niña reprendida pero también niña protegida.

Ya en el baño, descubrí mis pezones erectos. Curiosa situación. ¿Había sido la temperatura del agua? ¿Su mirada penetrante? ¿O la actitud dominante con la que me entregó la bata? Es verdad que me subyuga recibir órdenes de él. Es verdad que en lo más secreto de mis perversiones, he querido ser dominada por él.

La actitud dócil de la ropa mojada, se transformó en un ardiente deseo cuando la bata seca tuvo contacto directo con mi piel.

Me encaminé hacia su oficina. No sabía bien lo que pasaría… pero mi corazón se aceleraba y mi entrepierna percibía una nueva humedad.

Esta vez, por fortuna, no encontré a nadie en los pasillos, A unos pasos, la puerta de su oficina abierta. Entré y cerré la puerta. Él se puso de pie, alerta.

-Quiero mostrarte lo bien que me queda tu regalo.

Fueron las palabras que rompieron el silencio, mientras me aproximaba a su escritorio y lo trasponía. No respondió. Titubeé por que no había previsto su silencio. Bajé la vista y en mi pecho advertí el primer botón. Sabía que me miraba y sabía que no podría sostenerle la mirada. La carcajada nerviosa contraía mi estómago y yo sabía que de permitirle salir, rompería de mala manera, la tensión que generó el empalme de la puerta.

Le di la espalda y comencé a desabotonar la bata. La abrí un poco y mis hombros aparecieron ante él. No podía volverme y él se mantenía en silencio. Tras una fugaz eternidad, se atrevió a tocarme.

El frío que sentía en mi piel, se transformó en fiebre. No sé que me produjo más excitación: el control que mostró sobre toda la situación o la trasgresión de las normas laborales. Recuerdo haber caído los dos sobre su silla, recuerdo su legua tibia y gentil en mis pezones. Recuerdo sus pupilas dilatadas mientras subía mi falda y el resto de la bata por encima de mis rodillas. Sé que bajé el cierre del pantalón, y sé que de la nada, materializó un preservativo. Sé que el placer me impelía a gritar y que él puso su mano sobre mi boca, por que las paredes de las oficinas son delgadas. No sé el tiempo que pasó. No sé quién de los dos llegó primero, ni cómo pudimos ser tan diestros en el breve espacio detrás de su escritorio.

Un paraíso más adelante, ambos estábamos sentados, escritorio de por medio, con las mejillas encendidas y la respiración entrecortada. Él simulaba que no había pasado nada y miraba al monitor mientras yo lo miraba a él, intentando no reír ante la travesura. Esa frialdad que siempre había intentado mostrar, no podía sostenerse más y sin embargo él la enarbolaba. Me preguntaba si había sido tan placentero para él, como lo fue para mí o si se sentía vulnerable ante la incontrolable atracción. Completamente rendida ante él, pero dueña de mí, seguía esperando la mirada cómplice de quienes comparten un secreto.

Finalmente sucedió. No sólo la mirada, sino también la sonrisa que equivale a una nalgada cariñosa. Abotoné la bata hasta arriba, alisé el resto de mi ropa y salí de ahí, con el temblor en mis piernas y sin mencionarle que, también él, se había despeinado a causa de la lluvia.

Wet

Texto: Anónima
Foto: Unfurled

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5 Comentario to “Lluvia que despeina”

  1. Rox says:

    Spicy! muy bien. Eso le pasa por mandón.

  2. Miss Huntington says:

    Creo que voy a olvidar más seguido el paraguas.

  3. Alther Eggo says:

    Uff, que buen texto, bastante picante, y la redaccion impecable

  4. Eagles says:

    muy bien delineada y con buen ritmo la escritura, y de la historia si es bueno dejarse envolver por la naturaleza q nos hace ser distintos, por ello es bueno bailar bajo la lluvia

  5. Hola Spicy, chido el relatin! =D

    Haz la prueba, no lleves paraguas el dia 14 de tu periodo, haz que despeine la lluvia, y nos cuentas que sucede. =D

    Saludos.

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