Hay ocasiones en que los planetas se alinean y todo parece salir perfecto.
3er año de preparatoria. A esa edad uno juega a ser adulto y las responsabilidades son mínimas.
El claxon familiar sonó como tantas otras veces. Bajé las escaleras y salí por la puerta de la cocina. Afuera estaban el Jawi y el Pirru en el carro del último.
Mis papás se fueron a Culiacán y mi casa está sola –dijo el Pirru.
Tenemos una botella de whisky –agregó el Jawi.
Eso bastó para convencerme. Era viernes por la tarde. Metí ropa a una mochila y le avisé a mis papás que iba a quedarme a dormir en casa del Pirru. Salí sin problemas.
En realidad nada fuera del otro mundo. El Jawi es mi mejor amigo y el Pirru es un chilango que había llegado a Mazatlán hacía tan sólo unos meses y que se hizo amigo de ambos rápidamente. Los tres vivíamos en la misma colonia, a escasas 3 cuadras uno del otro. Llegamos a su casa, pusimos algo de música y nos servimos unos pistos. Salimos a la terraza para fumar un porro y unos cigarros. Estuvimos platicando de pendejada y media, como casi siempre. Hablé con la que era mi novia en ese entonces, le comenté que estaba en casa del Pirru con él y el Jawi y que nos íbamos a quedar ahí a pistear hasta el día siguiente, ella me dijo que iba a ir a un evento con su mamá de no sé qué chingados, algo de beneficencia por lo que esa noche no nos veríamos. Me preguntó si pensábamos salir y yo con toda naturalidad le dije que no, pues estábamos muy tranquilos ahí sin sus papás.
Ya entrada la noche llegó la hermana del Pirru con una amiga. Las dos son menores que nosotros por un año; llevaban todavía el uniforme de la escuela.
La hermana del Pirru siempre se me hizo muy atractiva. No era la más guapa pero tenía una cara de cachonda, de cara larga, labios gruesos y un lunar cerca de la boca. Era alta con un cuerpo delgado y bien delineado. Con busto pequeño pero firme y unas largas y delgadas piernas. De pelo castaño y piel dorada, siempre parecía bronceada. Su amiga, Claudia, era de cuerpo similar pero más blanca, casi rubia, ‘güera de rancho’ dirían en mi pueblo. No era muy bonita pero tampoco era fea.
Las dos salieron a la terraza y su hermana dijo que Claudia se iba a quedar a dormir ahí también. Nos robaron algunos tragos y luego se subieron al cuarto de la hermana.
Pasadas unas 2 horas nos entró el monchis y decidimos salir a comer a McDonald’s. El que está enfrente del Bora Bora. Entramos al local y estaba vacío; nos dirigimos directamente al mostrador y cada quien ordenó su comida. Mientras el Pirru estaba ordenando llegaron unas gringas y se pusieron detrás de nosotros. Las estaba escuchando platicar detrás de mí sin que yo volteara a verlas. En eso una de ellas menciona la marca de los pantalones de mezclilla del Pirru que siempre ponen en la parte posterior –no recuerdo la marca –y luego hace una exclamación de ‘mmmmhmm’ como cuando uno prueba algo y sabe muy bueno. Las 3 rieron. Me giré para verlas, ellas me vieron y me sonrieron. Mientras caminábamos hacia una mesa les comenté lo sucedido y los 3 bromeamos con que no estaban nada mal y que era una para cada uno.
Las tres se sentaron en la mesa de al lado. No recuerdo bien ni cómo pero terminamos platicando con ellas. Estaban ahí por el spring break, venían en un grupo de su escuela, y tenían planeado ir al Bora Bora o al Valentinos, nos preguntaron cuál estaba mejor y respondimos que el Bora. Una de ellas preguntó que qué íbamos a hacer nosotros y los tres nos volteamos a ver con signo de interrogación, luego dijo que si queríamos podíamos buscarlas ahí y entonces se fueron.
Salimos del McDonald’s con cara de incrédulos sin estar muy seguros de qué había pasado. El Jawi propuso ir al Bora, pero yo no estaba muy convencido. Mi novia era bastante celosa y estaba seguro que me iba a encontrar a algún conocido y entonces se me iba a armar en grande. Los dos se burlaron de mi condición de mandilón resignado y en el camino de regreso siguieron insistiendo con la posibilidad de terminar regresando del antro con ellas a la casa del Pirru, que era prácticamente para nosotros.
Al salir del carro recuerdo haberle dicho al Jawi que para qué nos hacíamos pendejos, que tanto él como yo sabíamos que lo más seguro es que no íbamos a lograr cogérnoslas. Entramos a la casa y la música seguía sonando en toda la casa. Al salir a la terraza vimos que la hermana del Pirru y su amiga estaban bañándose en la alberca. La visión de ambas en bikini hizo que tuviera una erección involuntaria y casi por reflejo me senté para tratar de disimularla. Podía ver los pezones de la hermana del Pirru a través de su top que se transparentaba un poco, estaban erectos supongo que por el viento y el agua fresca, y eran pequeños y de color marrón oscuro.
Preguntó por qué no entrábamos a la alberca. El Jawi comentó que no traíamos traje de baño y ella contestó que podíamos bañarnos en calzones. Los tres volteamos a vernos y sin mediar más palabra comenzamos a desvestirnos. Ambas nos veían con mirada traviesa, como de mosquitas muertas. Los tres usábamos bóxers por lo que no nos cortamos ni nada de eso e inmediatamente entramos al agua. Las dos comenzaron a reírse con las típicas bromas de que se nos veía el paquete debajo del agua por la abertura que tienen los bóxers.
Ya las conocíamos cómo eran las cabronas. Aún cuando la hermana del Pirru se me hacía bastante cachonda yo le sacaba la vuelta porque era una morra medio conflictiva. Era una de esas fémmes fatales a las que suelen dedicarles canciones como la ‘Veneno en la Piel’ y en más de alguna ocasión le causó problemas a alguien por andarse metiendo con ella, cosa que no era muy difícil. Yo, no es que fuera muy conservador, pero tampoco quería meterme en pedos con el Pirru, que era mi amigo, y él algo celoso con su hermana.
Conforme los pistos avanzaron aumentaron los intentos del Jawi para convencerme de salir al Bora y terminó convenciéndome. Salimos de la alberca y fuimos a cambiarnos para irnos al bar.
Una hora más tarde estábamos entrando al Bora Bora. Había bastante gente. Mucho gringo por aquello del spring break. Nos dirigimos a una de las barras y ordenamos unas cervezas. Luego de brindar comentamos sobre las gringas del McDonald’s, ni rastro de ellas. Nos quedamos sentados en los bancos de la barra y estuvimos platicando muy a gusto. Estábamos en la segunda chela cuando veo en la entrada una morra que me dejó boquiabierto. Rubia de cabello rizado, no muy alta, de cuerpo con curvas y piel dorada, piernas y caderas anchas. Traía un vestido oscuro pegado al torso, sin tirantes y con falda corta, tableada con vuelo. No era delgada pero tampoco gorda, tenía un cuerpo y un tipo parecido a Claire, la cheerleader protagonista de Heroes. Gringa, obviamente.
Foto: colvanz718Venía acompañada de una amiga que ni recuerdo bien físicamente. Ambas caminaron por el costado opuesto de la barra circular y siguieron caminando por detrás nuestro hasta pasar por un lado de nosotros mientras yo la seguía con la mirada. Al pasar por un lado mío volteó a verme y me sostuvo la mirada. Sus ojos eran verdes y me sonrió con su dentadura blanca impecable. Yo me sentí hechizado. Flechazo, lo juro.
Siguieron su camino hasta el espacio que divide las dos barras circulares del bar y ahí se quedaron platicando. Estaban como a unos 10 o 15 metros frente a nosotros. Yo seguía embobado con esa visión.
El Jawi y el Pirru seguían entrados en una discusión a la que no puse atención, ambos ignorantes de lo que yo estaba viendo.
Y en ese momento sucedió lo impensable.
Nunca he sido un hombre que ligue mucho en los bares. Y menos a esa edad. Tenía amigos de todo tipo, incluso los que casi siempre ligaban en los antros, a veces lograban coger, a veces no sacaban más que algún teléfono y la promesa de salir nuevamente. Yo no era uno de esos tipos. Tampoco voy a decir que nunca ligué pero definitivamente no era lo normal en una salida al antro.
Pero aquella noche fue diferente.
Yo seguía embobado viendo a la rubia de ojos verdes y melena rizada mientras ella platicaba con su amiga y de repente volteó a verme y nuevamente me sostuvo la mirada. Yo la verdad no lo podía creer, juro que incluso me giré para ver si no estaba viendo a alguien más detrás de mí, pero nada. Me estaba viendo a mí.
Ambas seguían platicando cuando observo que ella le comenta algo a su amiga y las dos voltean a verme, luego se ven y se ríen.
Una sensación extraña me invadió. Era una mezcla entre euforia y nervios. No sabía bien cómo reaccionar, pero tenía que hacer algo.
De repente, como si alguien hubiera encendido un switch, decidí que tenía que ir a decirle algo. Apuré mi cerveza de un trago para darme valor.
Señores –dije mirándolos muy seriamente –yo ahorita vengo, ahí me dicen quién ganó la discusión. –solté ante una mirada de extrañeza de parte de ambos.
Comencé a caminar hacia la gringa y su amiga. Mil cosas se agolpaban en mi cerebro, no tenía idea de qué decirle. Ése era mi problema, nunca sabía bien qué decir para sacarle plática a una chica, las veces en que lo había logrado todo sucedía muy naturalmente, como por ejemplo que a una de ellas se le cayera un bolso al piso o algo por el estilo. Nunca me gustó usar las típicas líneas que todo mundo ya conoce, y ahí radicaba la dificultad de la situación.
¿Qué decir? Era mi pensamiento conforme esos metros se extinguían como cable de pólvora rumbo a la dinamita. Estaba a punto de morir explotado. De auto inmolarme. Y nada llegó a mi mente.
Estaba frente a ella y ella me observaba fijamente con una sonrisa. Pasaron 2 segundos que parecieron una eternidad. Y nada salía de mi boca.
Entonces lo único que se me ocurrió fue acercarme a ella hasta el punto de darle un beso, y así lo hice. Fue un beso ‘de piquito’ como se dice. Uno de esos besos lentos pero que te agarran por sorpresa. Pude sentir un poco de humedad sobre sus labios. Al separarme de ella su cara era un poema. Sus ojos estaban muy abiertos y su mirada era de sorpresa y nerviosismo. Ambos reímos. No podía creer lo que había hecho. Su amiga estaba entre risueña y yo diría que hasta un poco espantada.
Le pregunté su nombre.
Regan –fue su respuesta.
Luego comenzamos a platicar lo típico. De dónde era, qué hacía en Mazatlán, cuantos años tenía, etc. Me presentó a su amiga, y cuando estaba a punto de quedarme sin preguntas se acercó el Jawi para hacer de copiloto y platicar con la amiga. Los cuatro subimos a una pequeña pista de madera que tenían hacia la playa y comenzamos a bailar.
En realidad más que bailar a mí me sirvió para acercarme a ella y rozar mi cuerpo con el suyo, como la música era tan alta me acercaba y le hablaba al oído. Su cuerpo y su pelo olían a bronceador de coco. No pasó mucho tiempo cuando comenzamos a besarnos.
Me di cuenta que era una gringa bastante ‘normal’ diría yo. No era una pinche loca que venía a embriagarse hasta la inconsciencia y encuerarse a la menor provocación como algunas veces me había tocado observar en spring break. Tenía 16 años. Estaba en la prepa y vivía con su familia en Michigan, una familia común y corriente como muchas otras. Ella estaba de vacaciones en Mazatlán con algunas amigas porque un año antes había estado de intercambio con una familia mexicana y se había hecho muy amiga de una de las hijas de su familia postiza y este año había regresado a visitarlas. Su hermana postiza y otras amigas había decidido ir al Canta Bar que está dentro del Valentinos y ella y su amiga había bajado a ver qué tal estaba el Bora.
Pasadas algunas canciones y algunas cervezas le propuse ir a sentarnos y ella aceptó. La tomé de la mano y nos fuimos rumbo a unos escalones que había al lado del Bora donde tenían antes una alberca y una cancha de arena para jugar voleibol.
Me senté en un escalón y ella se sentó por delante de mí, entre mis piernas, en un escalón más abajo. Recostó su cabeza en uno de mis brazos y yo comencé a besarla mientras acariciaba sus senos. Tenía unos pechos de tamaño mediano pero muy firmes al tacto. Ella no decía nada, sólo respiraba agitadamente. Se notaba muy cachonda. Yo, acostumbrado a que las mexicanas siempre te lo pongan más difícil, traía una erección considerable que poco podía disimular. Comenzó a pasar su brazo por mi entrepierna, como si estuviera apoyada en mi pierna pero lo movía de un lado a otro acariciándome. Yo estaba en la gloria, aunque sabía que no podíamos pasar mucho más allá de eso ahí en el bar. En esa zona incluso había vigilantes que estaban al pendiente de qué pasaba y no dejaban coger descaradamente.
Pensé en avanzar. Me bajé al mismo escalón donde estaba ella para poder alcanzar sus piernas por debajo de sus brazos y posé una mano sobre su pierna. Comencé a acariciarla avanzando y retrocediendo lentamente. Cada vez un poco más hacia el interior de su pierna. La metí por debajo de su falda y me encontré con la tela de sus panties, había un poco de humedad en ellos. Mientras la besaba quise apartar con la mano ese pequeño pedazo de tela que me separaba de su puchita pero su mano me detuvo. Yo estaba a mil y mi erección era muy evidente.
Quise insistir pero nuevamente me detuvo. Comencé a sentirme frustrado pero para mi sorpresa sentí que su mano se deslizaba hacia atrás y comenzó a acariciar el tronco de mi verga por encima de mi pantalón. Eso me devolvió la sonrisa y quedé satisfecho con la negociación.
Ya hacía rato que nos habíamos terminado la cerveza y ella quería ir al baño así que ella fue mientras yo ordenaba otras chelas. Al salir me dijo que si podíamos ir a bailar nuevamente y así lo hicimos sólo que lo hicimos muy pegaditos uno del otro y comenzamos ahí a fajar un poco. Yo estaba en el cielo hasta que alguien me sacó de mi mundo de fantasía cuando sentí una mano que me tocaba la espalda.
Era Karla, una compañera de la escuela.
Ya te vi, eh –fue lo primero que me dijo mientras me señalaba con el dedo y se reía.
Yo no sabía dónde meterme y me puse colorado como tomate. Ella conocía a mi novia, aunque distaban mucho de ser amigas porque Karla era más bien amiga de una ex-novia que tuve.
No hay pedo, yo no digo nada –dijo ante mi evidente cara de vergüenza –pero tú tampoco, eh –añade señalando al tipo con el que estaba bailando. Era un gringo.
Comprendí la situación: quería evitar que hablaran de ella porque andaba con un gringo; en la prepa se entendía que las locales que andaban con gringos eran morras facilonas, porque los gringos no son de manita sudada y se asumía que se las están cogiendo o no andarían con ellas.
Ya con confianza yo seguí en lo mío. Bailar y fajar. Pero nada pasaba más allá de pegarme a ella y hacerle sentir mi erección y de besarla como loco. Recuerdo que su lengua tenía un sabor muy dulce y yo me perdía en sus ojos.
Al rato el Jawi me hizo señas y me acerqué a ellos para ver qué pasaba.
Se me hace que acabo de ver a tu cuñada por ahí en la entrada –me dijo entre risas. Yo no sabía si era una broma o se reía de nervios.
¿Me vio? –le pregunté nerviosamente.
No tengo idea, la vi rápido y luego desapareció entre la gente –me contestó.
Me dirigí hacia la entrada tratando de buscarla pero había demasiada gente y no podía ver bien. Llegué hasta la entrada y no se veía por ningún lado. Me preocupé un poco pero pensé que quizá no me había visto porque nosotros estábamos al fondo, pegados a la playa, y la pista estaba llena.
Regresé y Regan me preguntó que qué pasaba, yo le dije que creí haber visto a alguien pero que ya no la había encontrado. Seguimos bailando un poco más. Al rato vimos pasar a las gringas del McDonald’s pero iban acompañadas de otros gringos. Yo pensé en que había salido mejor no haberlas encontrado cuando llegamos.
Pasó a lo mejor una hora más cuando se acerca a su amiga y algo le comenta. Ella me ve y me dice que se tenía que ir. Le pregunté la razón y ella me explicó que sus amigas ya se querían ir y que iban a ir al Frog’s. Busqué la hora en mi reloj y vi que eran pasadas las 2 y media de la mañana así que le comenté que no tenía caso ir al Frog’s porque lo cerraban a las 3 y después de eso lo único que quedaba abierto era el Bora. Obviamente yo no quería que así se acabara la noche. Le pedí que se quedara otro rato pero me dijo que no podía y sólo se acercó para darme un beso y despedirse. Su amiga la tomó de la mano y la vi alejarse entre la gente. Yo no podía creerlo.
Me sentí un poco extraño. Necesitaba tiempo para procesar lo que había pasado en toda la noche. Sentía una gran euforia y al mismo tiempo algo de frustración por no haber podido hacer nada más. Me acerqué a mis amigos y les propuse ir al Frog’s pero los dos me comentaron lo mismo que ya sabía, que no tenía caso ir al Frog’s si ya lo iban a cerrar. Me sentí impotente. Tenían razón.
Terminamos las cervezas y decidimos dar por terminada la noche.
Ya en la salida insistí en que habría podido seguirla al Frog’s y terminar cogiéndomela pero mis amigos me calmaron asegurándome que había tenido mucha suerte y que me conformara con lo que había pasado. A lo mejor tenían razón, seguro que no terminaríamos en la cama. Y dicho lo dicho enfilamos rumbo al carro.
Ya de regreso a casa del Pirru de repente se me ocurrió que tenía que ir al Frog’s así que le dije al Pirru que me prestara su carro, que los dejaba en su casa y luego me iba yo solo al Frog’s. Trataron de convencerme de que no lo hiciera pero ya lo había decidido y no perdía nada con intentarlo.
Su casa estaba muy cerca del Bora así que en cuanto los dejé aceleré rumbo al Frog’s en un carro que no era mío a buscar a una gringa de la que solamente conocía su nombre de pila. Al llegar al Frog’s vi que todavía había mucha gente adentro y alguno que otro afuera. Le pedí chance al de la entrada pero me dijo que ya habían cerrado y ya no estaban dejando entrar a nadie, que ya iban a desalojar.
Puta madre –pensé yo mientras veía como mi buena suerte comenzaba a terminarse.
Mis pensamientos estaban en eso cuando veo que la amiga de Regan estaba sentada ahí en la entrada, debajo del toldo en una de las jardineras. Luego de llamar su atención volteó a verme y luego se fue hacia la entrada haciendo señas de que aguantara. Minutos más tarde vi la cabeza de Regan con esa melena rubia rizada y esos ojos verdes asomándose por la puerta. Me vio y salió caminando hacia mí.
Luego de explicarle que ya no me dejaban entrar y que ya iban a cerrar se quedó pensando y me dijo que la esperara ahí afuera, que iba a decirle a sus amigas que se iba a ir conmigo porque ya iban a cerrar y yo la llevaría a casa de su hermana postiza.
Salimos rumbo al carro tomados de la mano. Subimos y lo primero que hicimos fue comenzar a besarnos y a acariciarnos. Luego me explicó dónde vivía su familia postiza y enfilamos para allá.
Me sentía muy nervioso porque no sabía qué hacer, si llevarla a su casa o intentar otra cosa aunque tampoco traía dinero como para llevarla a un motel, pensé que a lo mejor podíamos ir a casa del Pirru y pedirle el cuarto de sus papás prestados para coger.
Me sudaban las manos. A mis 17 años habían pasado tan sólo unos meses desde que había perdido mi virginidad con mi novia. Nunca lo había hecho con nadie más.
Ya en el camino ella comenzó a sobarme la verga por encima del pantalón. Yo estaba cachondo a más no poder. Entre la palanca de cambios y poner atención al camino comencé a tocar su puchita por entre sus calzones.
Le comenté de la casa de mi amigo pero inmediatamente me dijo que no, que le daba pena. Yo no sabía qué más hacer. Ella no decía nada.
Luego se me ocurrió que podía parar en un lugar que conocía que quedaba de camino a su casa, era una calle cerrada muy corta con lotes baldíos que daba a la barda del fraccionamiento del Cid, pero del lado del Dorado. Algunas veces había llevado ahí a mi novia y habíamos tenido relaciones en el asiento trasero del carro. No le comenté nada a Regan pero ya tenía un plan.
Claro que una vez la policía nos cachó cogiendo a mi novia y a mí en ese lugar y les tuve que dar mordida pero eso no ocurriría sino hasta dentro de unos meses así que me pareció buena idea.
A esa edad en la que comenzaba a tener relaciones siempre traía un condón en la cartera. Sé que no es muy seguro que digamos guardarlo ahí pero en esa época era algo muy común así que por eso no habría problema.
Al dar la vuelta en la cerrada ella me preguntó que qué hacía pero yo no le contesté nada. Al llegar al final de la calle, pegado a la barda estacioné al carro y apagué el motor y las luces. Todo estaba tranquilo, sin rastro de nadie, sólo se escuchaba la música en el estéreo. Le dije que me encantaba, que estaba hermosa y sin más comencé a besarla. Lentamente mi mano fue bajando hasta desaparecer en sus calzoncitos y esta vez no me dijo nada. Y así mientras nos besábamos y yo le acariciaba el clítoris ella llegó al orgasmo, sentí como sus caderas comenzaron a convulsionarse y sus gemidos se incrementaron. Abrió los ojos y me sonrió, luego de eso tomo mi cinturón y comenzó a desabrocharlo con desesperación, abrió mis bóxers y mi pene saltó como resorte y entonces comenzó a hacerme la mejor mamada que me habían hecho hasta ese momento, mucho mejor que mi novia. Con mi mano levanté un poco su vestido por detrás y estuve tocándola hasta que le propuse pasarnos al asiento de atrás. Nos brincamos e inmediatamente le bajé el vestido para tener acceso a sus senos. Todo fue muy rápido, como si los dos estuviéramos desesperados por hacerlo y asustados de que alguien pasara y nos viera. Luego me bajé los pantalones y los bóxers y ella se quitó sus calzones. Saqué el condón de la cartera que tantas veces me hizo el paro. Yo permanecí sentado y ella se montó en mis piernas para hacerlo frente a frente y comenzamos a acelerar el ritmo como si el mundo se fuera a acabar. Me imagino que si alguien hubiera pasado por ahí no habría forma de que no se diera cuenta de lo que estaba sucediendo dentro del carro. No aguanté mucho tiempo hasta que me vine dentro de ella con el condón puesto. Ni me enteré si ella había llegado otra vez al orgasmo. Rápidamente comenzamos a arreglarnos las ropas y a tranquilizar la respiración. Se sentía la humedad dentro del carro. Nos pasamos a los asientos de adelante y encendí el motor. Nos reíamos de nervios. La casa a donde la llevaba estaba a unas pocas cuadras.
Hasta eso no hubo dramas ni grandes despedidas. Ella estaba nerviosa porque no quería que la cacharan los señores de la casa y yo estaba todavía apendejado de todo lo que había pasado en la noche. Nos despedimos con un beso y un bye-bye y listo.
En ése entonces todavía ni se usaban los correos electrónicos, las largas distancias al extranjero salían carísimas y a mí me daba hueva escribir cartas así que no había mucho que agregar a algo que pasó en una noche con una persona que vivía a miles de kilómetros de donde yo vivía.
Regresé a casa del Pirru y les conté lo sucedido pero como que nunca me creyeron si era cierto o no. Dormí como angelito esa noche.
Al día siguiente nos despertamos ya cerca del mediodía. Sentía algo de cruda moral. Además no se me había olvidado que a lo mejor mi cuñada me había visto. Visto lo sucedido no podía creer que toda la buena suerte que había tenido fuera a estar manchada con ese pequeño detalle. A lo mejor y ni había sido ella, yo nunca la vi.
Decidí marcarle a mi novia. Me contestó como si nada. Buena señal. Le pregunté cómo le había ido y ella me platicó el rollo pero ni le puse atención pensando en la posibilidad de que mi cuñada me hubiera visto. Luego ella me preguntó cómo nos había ido a nosotros.
Bien, tranquilo –le contesté yo.
¿Seguro? –insistió ella. Comencé a sentirme interrogado por la PGR. Era terrorismo.
Sí ¿por qué? –dije haciéndome pendejo.
¿Y no saliste? –comentó con tono sarcástico.
No –contesté –nada más fuimos a cenar y luego nos regresamos para acá.
Mentiroso –alcancé a escuchar antes de que colgara.
Ya valió madres –pensé. Me habían cachado.
Me fui caminando a la casa. Mientras caminaba iba pensando en todo lo que me dijo por teléfono. En realidad nunca mencionó a ninguna morra ni nada por el estilo. Lo único que me había preguntado fue si había salido. Evidentemente sabía que habíamos salido, pero hasta ahí, o eso creía yo. No estaba seguro.
Ya por la tarde le marqué y no estaba en su casa. Decidí marcar a casa de su mejor amiga y obviamente ahí estaba. Fui a buscarla y sin discutir ni nada me dijo que si la acompañaba a caminar. Le expliqué que habíamos ido al McDonald’s a cenar y que al salir habíamos visto a unos amigos de la escuela y que nos convencieron de entrar al Bora. Ella me reclamó el por qué no le había dicho y sólo me comentó que le dijeron que me habían visto entrando al Bora –cual pueblo de señoras mitoteras –pero nada más. Encajó con mi historia y ahí terminó la cosa, no sin antes pedirle perdón por haberle mentido.
De la gringa nunca más volví a saber nada.
Ahí se ven, perros.
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Ahhh los gringos!
Definitivamente tuviste muchísima suerte.
Gran historia
Jaja interrogatorio tipo PGR.. ahi le hablan a mas de una !!!
espero.. si no ya tenemos a dos que serian buenas para la pgr..
jejeje me recuerdan las primeras noches del intercambio colegial…
saludos!!
Querido Perrin, ahora si te la prolongasteeeeeee.
Largo pero entretenido, asi me dicen… jeje!
Wueee, si tu novia no sabia, ahora ya lo supo y con lujo de detalles, jaja!
Ches gringas facilotas, en los lios que nos meten… =D
Abrazo perruno.