Hoy le cedí el paso a un anciano, cargué las bolsas del mandado a una doña y salvé a un perro de las inclemencias de un pesero. Extrañamente, no me siento mejor conmigo mismo.
Creo que no me he podido recuperar desde que esa mujer entró en mi mente. No he podido comer, ni fajar a gusto. La llevo como una maldición japonesa a todas partes.
Lo último que recuerdo de ella, es la perfecta horma de mis manos sobre su cintura, su aliento alcohólico, sus ganas de aferrarse a mi cuello. Son sus manos lo que más duele cuando la pienso lejana, impávida y ajena a lo nuestro. Es como si sus labios me hubieran quemado el alma, dejando una marca fría sobre mi piel caliente todo esto mientras se revolcaba en el piso con mi mundo.
“Que lo que yo compre, sea lo que me venda” es mi lema siempre para escoger. Aquí el problema es que ella no vendió nada y yo muero por regatearla. Aunque pese, aunque enloquezca. Es un amor cuarteado, que se desliza en pedacitos tristes por la bañera cuando la pienso.
Que soy muy hombre, es cierto; que los hombres no lloramos por viejas, también muy cierto… mucho menos lo hacemos las mujeres.
Al fin y al cabo todos tenemos un dejo homosexual y el dobleteo corriendo por las venas ¿no? … bueno, eso dice Freudy y por salud mental, le creo.
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Querida Amante Bandida:
Cierto, bien cierto que Freud tiene HARTA razon en muchas de las cosas que escribio y dijo… Si, yo tambien por salud mental asi lo creo.
Besos Brujos*