Elefantimacho

Yo sé que te acuerdas de nuestra apuesta.  Ya sabes, esa que hicimos aquella vez que nos pusimos borrachas en casa de tus papás y terminaste encuerada en el jardín.  Espero que tu memoria no haya sido afectada por oler tanta caca de bebé.  Te recuerdo la apuesta por si la olvidaste: la primera que se cogiera a un espécimen de cada uno de estas subespecies de pito ganaba.

  1. Puercoespinvarón: con piercings en la cara y pelos parados.  El piercing en la lengua era obligatorio.
  2. Quintiño: puntos extra si era desvirginado en casa de su mamá.
  3. El Tres-Pelos: (en la cabeza).
  4. Osombre: con pelos en la espalda, que le llegaran hasta el cuello.
  5. Elefantimacho: que estuviera elefantosamente gordo.

Ya sé. Ganar la apuesta no tiene mucho sentido porque hace tiempo que la abandonaste.  Cambiaste de juego y ahora te diviertes en la cocinita.  Pero soy una mujer de palabra y no me complace ganar por default.  Por eso cuando vi a al único espécimen que me faltaba -Elefantimacho-, me apunté.

Lo conocí cuando me hice el último tatuaje a la clínica del Pollo.  Noté al Elefantimacho desde mi llegada.  Era imposible no notarlo.  Su enorme y desparramado cuerpo insultaba a los 3 espejos que cubren las paredes de la clínica. Sentado en banquito, hacía sabediosqué en la computadora.  Parecía una vaca gorda en la cima de un banco, haciendo equilibrio con las patas de atrás.

¿Te duele? Me preguntó el Pollo mientras rayaba mi talón con florecitas.  Un poco, pero sigue, contesté.  Las manos del Pollo acariciaban mi pie derecho con un trapo.  Volteé a verlo y estaba lleno de lleno de negro y rojo.  Era mi sangre.   Las flores comenzaron a dolerme.  Quise detener la tortura en tinta, pero los ojos pequeños del Elefantimacho me veían a través de un espejo.  Tengo que ser macha, pensé.  Él tenía los brazos tatuados con figuras japonesas.  Un pedazo de metal le atravesaba la nariz y un par de rines le colgaban de las orejas.  No podía dejarlo pensar que era una maricona.

El Pollo terminó mi tatuaje y me dirigí a la recepción.  Elefantimacho seguía sentado en su banquito. Oye, te quedo muy bien, me dijo.  Me encantó, respondí.  Al fondo del salón, el Pollo limpiaba la zona de tatuajes, así que aproveché para estar más cerca de Elefantimacho.  ¿Quieres verlo? Le pregunté mientras levantaba mi pie desnudo a su muslo.  Él lo tomó del tobillo y levantó un poco más.  Mi falda se recorrió hasta asomarse más de la mitad del muslo.  Las pezuñas recorrían las flores cuando el Pollo nos sorprendió con un ¿Cómo quedo? Alabé la maestría y el arte del tatuaje.  Vomité alabanzas hacia el Pollo y hacia la clínica; creo que hasta genio de la tinta le llamé.  Pinche ridícula.

Algunos días después, volví a la clínica.  El pretexto era tomarle una foto al tatuaje para incorporarlo en la galería de la clínica.  Llegué tarde con la esperanza que Elefantimacho estuviera solo.  Y así fue.  Hasta se ofreció a tomar la fotografía.

Me quité los pantalones, para estar más cómoda.  Él entendió mi (in)directa, aventó la cámara a uno de los estantes y se desnudó.

Primero se quitó su bata-playera roja y sus tetas, más grandes que las mías, tenían un piercing en cada pezón.  Le colgaban hasta las costillas. En un reflejo vi la grasa que le colgaba de la espalda, otro par de pechos sin pezón pero con pelos.  La enorme panza se desparramó como manteca en bolsa al sentirse libre del pantalón.  La mezclilla cayó con todo y calzones. La cabeza del pito se asomaba con timidez por debajo de esa bola de manteca.  Quiero pensar que estaba parado, pero no podía verlo bien.  El pito gritó: ¡ayúdenme!, no puedo sostener tanta manteca! Su dueño levantó esa bolsa con las manos hechas cuchara. El pito se levantó agradecido.  Me agaché para verlo de cerca.

Su pito era gordo, muy gordo y cabezón. Parecía uno de esos samuráis que tiene tatuados en el brazo.  Me acerqué para olerlo. Elefantimacho tomó mi cabeza con una mano y los dedos regordetes de la otra mano envolvieron el pito.  El sabor a miados me llegó hasta la garganta. Supongo que el pobre no se lo alcanza a lavar bien.  Salivé hasta limpiarlo, el viejo truco de escupirle para que sepa menos feo.

Elefantimacho estaba excitado: un leve gruñido asmático salía de su garganta.  Algo entre jadeo de perro y enfisemoso.  ¿Estás bien? Le pregunté.  Me respondió bajándome los calzones.  La fuerza de sus manos me hizo sentar en el piso.  Mis nalgas se quejaron del frío y las manos recogieron el polvo del día.  Las sacudí con palmadas y le dije que estaríamos más cómodos en uno de esos sillones de piel donde hacen los tatuajes.  Pero su cuerpo de elefante ya estaba sobre el mío y me penetró sin contestar.  Vi su rostro; tenía la boca contraída, los ojos cerrados.  Un montón de arrugas se formaron en la frente.  Con cada empujón, el peso que colgaba de las orejas las hacía mover como péndulos. La oscilación de esos rines metálicos me tenían casi hipnotizada.  Casi.  Ojalá y me hubiera hipnotizado, para no sentir nada.  Y es que la vagina me dolía con cada empujón que daba; no soportaba tener esa cosa gorda llenando sus paredes.  Pero no dije nada.  En realidad, no podía hacer nada.  Su cuerpo de elefante me oprimía y el poco aire que entraba lo utilicé para respirar.

-Yo-o a-a-rri-ba-a supliqué.

No supe cómo se salió, me tomó de la cintura y me volteó de perrito.  Mis rodillas sonaron contra el piso y escuché que aclaraba su garganta.  Hasta eso, tuvo la decencia de echarme un gargajo en el culo antes de penetrarlo.  La manteca de su panza estaba sobre mis nalgas y la grasa me nalgueaba con cada empujón.  Su pito de samurái masacraba mi ano.  Comencé a llorar y a quejarme a gritos.  El idiota pensó que me estaba viniendo y aceleró el ritmo.  Supe que estaba terminando cuando los jadeos se aceleraron.

Cuando por fin se quitó de encima, mis rodillas y codos crujieron.  Ahora, están llenas de moretones.  Pero no son los únicos.  También tengo en el coxis, en las alitas de la espalda y en la cadera.  Un pulgar torcido completa el cuadro clínico. Pero eso es lo “menos pior”.  Tengo la vagina y el culo destrozados.  Con decirte que apenas y puedo estar sentada y tengo miedo hasta de estornudar.

Así que ya sabes, gané esa apuesta y me debes una comida.  Como te imaginarás, ésta te va a salir cara.

Elefantimacho

Haz clic en la imagen para leer más escritos de Rox

Rox

Sigue leyendo:

« La carga está lista

Las niñas buenas »

4 Comentario to “Elefantimacho”

  1. Spider says:

    Holy bishop bottom…!

    Cuando empezaste a asustarme, scrolleé hasta arriba y la palabrita “ficción” me devolvió el aliento.

  2. Querida Rox,

    Excelente relato, me gusto! =D

    Tambien hiciste recordar el encuentro con MEGAMOUSTRO femenino. Gracias a los dioses, nunca secedio y megamoustro fue retirado a su guarida para siempre.
    No fue una apuesta, mas bien seria una sorpresa, pero vaya sorpresa, jaja!

    Saludos.

  3. edson says:

    me ha encantado tu relato sta d wuebos….. no d wuebisimos d elefantimacho

  4. José Ballesteros says:

    Esta redactado de modo tan real que me niego a creer que es ficción ya en serio ¿si lo hiciste con el asi y el terminó adentro de tu ano?
    Sin protección, verdad? Que rico.

Deja un Comentario